Los tres teoremas de Maastricht y más

Aunque seguramente muchos lo habrán observado antes que yo, tal vez en ningún lugar como aquí puede contemplarse en toda su perfección uno de los principios básicos de la moderna teoría económica que, por ese mismo motivo, he querido denominar "teorema de Maastricht", admirable por su sencillez y que reza así: el nivel de precios de una ciudad dada es inversamente proporcional al tamaño de las botellas de Coca-cola que se dispensan en bares y similares en la dicha ciudad. Sea la ciudad dada Maastricht, las botellas  que traen los camareros a tu mesa son de 20 cl., con lo que el agudo lector, aplicando el teorema homónimo, podrá colegir fácilmente el nivel desorbitado de los precios en la ciudad holandesa colindante con Bélgica - a unos 3 km. de la frontera, para ser exacto, y casi en la raya que separa a flamencos de valones, de manera que una sola mañana, en un tranquilo paseo por bicicleta, uno puede fácilmente ir del alemán de Alemania al francés de Valonia, pasando por el holandés de Flandes y de Holanda, una lengua que no es tal, según dijo un rey gabacho, sino una "maladie de la gorge", esto es, una "enfermedad de la garganta", sentencia muy puesta en razón, a mi entender. Una ciudad tan exquisita y moderna, tan en el centro de Europa, y tan cosmopolita -la mitad de los estudiantes de la universidad de Maastricht son extranjeros, mientras que en la mía, que dios guarde muchos años, tal cifra no llega ni al 10%-, una ciudad de tal brío y poder tenía que dar para más de un teorema económico y así ha sido en efecto, pues a continuación viene el segundo: la amabilidad de los habitantes de una ciudad dada es directamente proporcional a su nivel de precios. Ciertamente, nuestros mastriquenses son de una amabilidad extrema, inspirada tal vez por el buen nivel de vida del que gozan (qué pocos mendigos vimos) y por la alegría que sienten al pensar en el clavo que te van a meter acto seguido en la cartera con perforación inciso contusa en tu tarjeta de crédito- eso sí, con dulzura, una amplia sonrisa y, menos mal, en inglés.
Y más. Este "más" se refiere a nuestra sensación un tanto extraña al pensar en los cambios que se avecinan, en la robotización de nuestras vidas. Pasar de Split a Maastricht es como viajar del papel moneda al plástico - el infinito número de cajeros automáticos que había en Split, para que pudieras hacerte con las pertinentes Kunas (la moneda croata que según parece hace referencia a las martas cibelinas, cuyas pieles se utilizaban en los intercambios comerciales en la Edad Media) y pagar en la vorágine del turismo de medio pelo del palacio de Diocleciano parecía un rasgo casi medieval visto desde Holanda, donde reina la tarjeta de crédito. En ese mundo del mañana que ya es hoy, las personas desaparecen; hemos utilizado un aparcamiento y hemos llenado el tanque en una gasolinera  sin ver a nadie, las agencias inmobiliarias trabajan por internet, no en persona, y en la última noche de nuestro viaje, en Tours, a las once de la noche tuvimos que bregar con una máquina puñetera que se ocupaba de facilitarnos la clave para entrar en nuestra habitación y cobrarnos también. Lo curioso es que no nos exigía ninguna clase de identificación, de modo que el más sanguinario de los asesinos puede pasearse tranquilamente por Francia y dormir en el hotel cómodamente; tan sólo precisa llegar después de las 10 de la noche y la tarjeta de crédito de algún alma cándida.
Una  breve nota sobre política, para terminar. El paseo que nos dieron sobre la guerra serbo-croata terminó con un vídeo en el que se veía la firma de los acuerdos con los que se le puso fin. En la foto de la paz estaban Kohl, Chirac, John Major y... Felipe González. Su sucesor, Aznar, prefirió la foto de la guerra, la de las Azores y los que han venido después ni la una ni la otra, lo que me lleva al último teorema de hoy, que no trata sobre los precios sino sobre algo más intangible y más serio: la influencia diplomática española es inversamente proporcional al peso de su lengua, que ya se abre paso también en Europa, desplazando al italiano y quizás al francés también. Dado que nuestros políticos suelen tener unos horizontes tan estrechos y una vista tan corta, no alcanzan a ver que mientras nos revolcamos en nuestro ensimismamiento, los demás siguen avanzando, poniendo, por ejemplo, tasas municipales al turismo, algo que nos han cobrado en absolutamente todas las ciudades en las que hemos pasado la noche, en cinco países distintos. La derecha española puso el grito en el cielo cuando se introdujo algo semejante en Baleares o en Barcelona, porque nuestra apuesta siempre será la de la rapiña capitalista: sólo pagan impuestos los demás, porque al sagrado empresario del ladrillo o del turismo hay que dejarlo engordar hasta que reviente y nos ensucie a todos.
Pedro


Bueno, cerramos aquí el blog de este viaje que ha resultado tan variado, bonito y provechoso. Me ha chiflado viajar en coche por Europa, ves tantas cosas, entiendes tantas cosas diferentes..., repetiremos en coche y Europa, maravilloso viaje. Por cierto, que si yo fuera extranjero me encantaría viajar en coche a España, con estas fabulosas autovías que no hay que pagar y un precio de la gasolina que anima a hacer kilómetros y descubrir un país. El volvo se ha portado como un jabato, ya no asustan los1800 kms de nada de Maastricht a Santiago, de hecho, hemos hecho en total 6200kms, 5 países y nos ha encantado contároslo!!!
Esta entrada va sin fotos porque no hay más, hice unas pocas con el móvil, pero tampoco había ganas. En fin:  besos y hasta la próxima!!

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